Vacunas y autismo


En 1998 el médico Andrew Wakefield publicó en la revista The Lancet un artículo en el que se relacionaba la vacuna del sarampión con la aparición de autismo y enfermedades del colon.
Posteriormente se descubrió que este médico tenía conflictos de intereses y había falseado los estudios en los que basó el artículo. The Lancet retiró el artículo, sin embargo se había producido una gran difusión pública de la noticia que desencadenó un importante rechazo a la vacunación.

Por otro lado, actualmente en vacunas contra la difteria, el tétanos y la tos ferina (DTP), la hepatitis B, la rabia, la gripe y las infecciones por Haemophilus influenzae de tipo b (Hib) y meningococos se emplea un conservante denominado tiomersal, que contiene mercurio. El mercurio es un elemento de elevada toxicidad, que afecta a numerosos órganos y sistemas, especialmente en la infancia. Pero en esta formulación (etilmercurio) su  toxicidad es reducida: se elimina más rápidamente del organismo y tiene una semivida más breve. 

Sin embargo, debido al brote que se produjo en Japón en los años 50, de intoxicaciones por el mercurio acumulado en el pescado (en otra forma química: metilmercurio), en 1999 se decidió eliminar el tiomersal de vacunas en algunos países por precaución, lo que contribuyó a generar alarma entre la población. Sin embargo, en estudios posteriores, observando a estas poblaciones en las que se vacunaba con este conservante, no se encontró una relación entre el autismo y el tiomersal. Actualmente la OMS dice que no se puede considerar que exista un riesgo para la salud con estas concentraciones.

De todas formas la alerta se extendió entre la población. Sigue disminuyendo la vacunación y se han realizado varios juicios por demandas acusando a estas vacunas de causar autismo, sin que se pudiera demostrar la causalidad.


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